San Miguel Arcángel

San Miguel Arcángel
Oración: "San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, rogamos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el Divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén."

martes, 19 de octubre de 2010

No entiendo la misa... ¿para qué ir?

En cada consagración se renueva el sacrificio de la cruz y se realiza nuestra salvación.

La Santa Misa es la celebración dentro de la cual se lleva a cabo el sacramento de la Eucaristía. Su origen se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia, en donde los apóstoles y los primeros discípulos se reunían el primer día de la semana, recordando la Resurrección de Cristo, para estudiar las Escrituras y compartir el pan de la Eucaristía.

La Santa Misa es una reunión del Pueblo de Dios y es el medio de santificación más perfecto, pues en él conocemos a Dios y nos unimos a Jesucristo y a toda la Iglesia en su labor santificadora.

Durante la misa nosotros participamos estrechamente en la vida y misterio de Jesucristo, por Él, con Él y en Él, ofreciendo nuestras obras, ofreciéndonos nosotros mismos, pidiendo perdón por nuestros pecados y, con esto, alcanzamos gracias para toda la Iglesia, reparamos las ofensas de otros y rendimos una alabanza de valor infinito porque lo hacemos por medio de Jesucristo.

El hombre con frecuencia tiene poco tiempo para dedicarse a las cosas de Dios. Tiene poco tiempo para conocerlo y entenderlo. La Iglesia, consciente de este problema y sabiendo que si sus miembros no conocen a Dios no podrá cumplir con la misión que le ha sido encomendada, ha querido asegurar que se le dedique un tiempo a la semana a este conocimiento de las cosas de Dios y ha dado un mandamiento: Oír misa entera los domingos y días de precepto.
Con este mandamiento, la Iglesia asegura que sus miembros conozcan los lineamientos del Fundador y de esta manera "no perderán el estilo", no olvidarán su fin último y se esforzarán por cumplir su labor personal dentro de la Iglesia.

Para disfrutar y aprovechar la Misa, es importante conocer el significado de cada una de sus partes.

Partes de la misa y su significado
La misa se divide en dos partes principales: la liturgia de la Palabra
y la liturgia eucarística.

La liturgia de la Palabra
Es con la que inicia la Misa y consta de tres partes principales: las lecturas, la homilía y la oración de los fieles. En la primera parte de la misa, la liturgia de la palabra, conocemos los pensamientos y líneas de acción de Dios, escuchando su Palabra tomada de la Sagrada Escritura. Es el mismo Dios quien nos habla de una manera personal y con un mensaje específico para cada uno a través de las lecturas, el Evangelio y la homilía. Es Cristo mismo el que nos marca el camino a seguir por medio de su palabra y ejemplo.
La primera lectura
Se toma generalmente del Antiguo Testamento o de los Hechos de los Apóstoles y nos sirve para entender muchas de las cosas que hizo Jesús. Es importante escucharla con atención, pues Dios mismo nos está hablando. De acuerdo a la simbología propia de la misa, esta actitud interna de escucha atenta, se demuestra con la postura externa: el pueblo permanece sentado y mirando hacia el frente. Después de la primera lectura se lee o canta un salmo tomado del Libro de los Salmos del Rey David con el que alabamos a Dios.
La segunda lectura
Se toma del Nuevo Testamento, de las cartas que escribieron los primeros apóstoles. Esta segunda lectura nos sirve para conocer cómo vivían los primeros cristianos y cómo explicaban a los demás las enseñanzas de Jesús. Esto nos ayuda a conocer y entender mejor lo que Jesús nos enseñó. También nos ayuda a entender muchas tradiciones de la Iglesia. La actitud interna y la postura externa son las mismas que en la primera lectura. Después de la segunda lectura se canta el Aleluya, que es un canto alegre que recuerda la Resurrección.
El Evangelio
Se toma de alguno de los cuatro Evangelios de acuerdo con el ciclo litúrgico y narra una pequeña parte de la vida o las enseñanzas de Jesús. Es aquí donde podemos conocer cómo era Jesús, qué sentía, qué hacía, cómo enseñaba, qué nos quiere transmitir. Esta lectura la hace el sacerdote o el diácono. El pueblo se pone de pie, demostrando una actitud interna de escucha atenta y respeto hacia Jesucristo, la Palabra viva de Dios.
La homilía
En este momento de la Misa, el sacerdote explica el significado de las tres lecturas y su aplicación en nuestras vidas. Nos exhorta a acoger esta palabra como lo que es: Palabra de Dios y a ponerla en práctica. El pueblo escucha la homilía sentado, demostrando una actitud interna de atención a las palabras del sacerdote.
La oración de los fieles
En este momento nos ponemos de pie, con la actitud interna de súplica al Padre y nos unimos a todas las personas que están en Misa para pedir juntos y en voz alta a Dios por cosas que nos interesan a todos: el Papa, los enfermos, las familias, los pobres, la paz del mundo, los gobernantes, etc. Debemos aprovechar ese momento para pedirle a Dios interiormente también por aquello que nosotros en particular necesitamos.
Dios verdaderamente escucha las peticiones que le hace su pueblo en la Oración Universal, por lo que debemos participar en ella de una manera activa, uniéndonos a la oración confiada por las necesidades de todos los hombres.
El Credo
Después de la oración de los fieles, permanecemos de pie y recitamos juntos en voz alta la proclamación de nuestros misterios de fe, el resumen de la fe católica. En ella pronunciamos la palabra "Creo", con la cual demostramos que hemos escogido libremente, desprendernos de cualquier duda o inquietud humana, para confiar sólo en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado.

La liturgia Eucarística
En la segunda parte de la misa, los miembros de la Iglesia revivimos la Pasión y Resurrección de Cristo, aunque sin derramamiento de sangre.
El ofertorio
En esta parte de la Misa, se llevan las ofrendas, el pan y el vino al altar y el sacerdote se las presenta a Dios ofreciéndose las para que se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Debemos aprovechar este momento para ofrecer a Dios nuestra vida, nuestros propósitos e intenciones, nuestro amor, nuestras cualidades, para que Él las santifique y sirvan para el bien de la Iglesia. Es el momento de ofrecerle interiormente un nuevo esfuerzo por alcanzar aquello que me he propuesto espiritual y humanamente.
La consagración
Es el momento más solemne de la Misa; en él ocurre el misterio de la transformación real del pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Dios se hace presente ante nosotros para que podamos estar muy cerca de Él. Es un misterio de amor maravilloso que debemos contemplar con el mayor respeto y devoción. Debemos aprovechar ese momento para adorar a Dios en la Eucaristía. Hay pocos momentos en la vida en los que tenemos a un personaje tan importante frente a nosotros, pues el pan y el vino realmente se han transformado en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
En la consagración, Dios nos vuelve a manifestar su gran amor, ya que nuevamente acepta el sacrificio de su Hijo por el perdón de nuestros pecados, para que podamos alcanzar la felicidad. En cada consagración que hay a lo largo y ancho del mundo, se renueva el sacrificio de la cruz y se realiza nuestra salvación. En la Eucaristía, Cristo da el mismo Cuerpo y Sangre que entregó en la cruz por amor a nosotros. El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio.
Es una misma víctima, Jesucristo, que se ofreció a sí mismo sobre la cruz y que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes. Durante la consagración expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, arrodillándonos en señal de adoración al Señor.
La comunión
Ante la grandeza de este sacramento, antes de comulgar, los fieles repetimos con humildad y con fe ardiente las palabras del centurión: "Señor, yo no soy digno de que entres a mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme" (Mt 8,8)
La comunión significa «común unión», pues al acercarnos a comulgar, además de recibir a Jesús dentro de nosotros, nos unimos a toda la Iglesia, a todos los cristianos en esa misma alegría y amor. Nunca hay que perder la oportunidad de comulgar, pues en la comunión recibimos el alimento que nos dará la vida eterna. Nuestra actitud corporal al momento de recibir la comunión debe manifestar el respeto, la solemnidad y el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.
Silencio sagrado, bendición y despedida.
Después de la comunión, el sacerdote limpia los objetos sagrados y se guarda un momento largo de silencio en el que los fieles deben adorar y agradecer el don de la Eucaristía que acaban de recibir.
Al terminar el silencio, el sacerdote bendice al pueblo y lo despide con las palabras:
"Podéis ir en paz, la misa ha terminado. Id y anunciad al mundo las maravillas del Señor"
En este momento el pueblo se pone de pie en actitud de apertura a las gracias recibidas y de prontitud a cumplir con la misión.
Estas palabras de despedida son el origen de la palabra "misa", pues el sacerdote envía a los fieles ("missio") a cumplir con su misión de anunciar al mundo la Buena Nueva de Jesucristo.

Autor: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: Catholic.net 

jueves, 2 de septiembre de 2010

Humildad




Humildad: La virtud moral por la que el hombre reconoce que de si mismo solo tiene la nada y el pecado. Todo es un don de Dios de quien todos dependemos y a quien se debe toda la gloria. El hombre humilde no aspira a la grandeza personal que el mundo admira porque ha descubierto que ser hijo de Dios es un valor muy superior. Va tras otros tesoros. No está en competencia. Se ve a sí mismo y al prójimo ante Dios. Es así libre para estimar y dedicarse al amor y al servicio sin desviarse en juicios que no le pertenecen.  

La humildad no solo se opone al orgullo sino también a la auto abyección (auto humillación) en la que se dejaría de reconocer los dones de Dios y la responsabilidad de ejercitarlos según su voluntad. 

"La humildad es la verdad" -Santa Teresa de Avila.  
El humilde ve las cosas como son, lo bueno como bueno, lo malo como malo. En la medida en que un hombre es más humilde crece una visión mas correcta de la realidad. 

"El grado más perfecto de humildad es complacerse en los menosprecios y humillaciones. Vale más delante de Dios un menosprecio sufrido pacientemente por su amor, que mil ayunos y mil disciplinas." -San Francisco de Sales, 1567
 
Humildad  

La humildad perfecta es Jesús.  Jesús es la humildad encarnada. Perfecto en todas las virtudes, nos enseña en cada momento en cada palabra. Siendo Dios, vivió 30 de sus 33 años en vida oculta, ordinaria, tenido por uno de tantos. Lo extraordinario fue la perfección en que vivió lo ordinario. También sus 3 años de vida pública son perfecta humildad. En todo hacía, como siempre la voluntad de su Padre. Nunca busco llamar la atención sobre si mismo sino dar gloria al Padre. Al final murió en la Cruz. Nos dijo: "Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón".

Jesús repara el daño de Adán que es rebeldía ante Dios y de todo el orgullo posterior. Otros modos de llamar a este veneno: amor propio, egoísmo y soberbia.

Nadie tuvo jamás dignidad comparable a la de Él, nadie sirvió con tanta solicitud a los hombres: yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Sigue siendo ésa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a servirnos, a ayudarnos, a levantarnos de las caídas. ¿Servimos nosotros a los demás, en la familia, en el trabajo, en esos favores anónimos que quizá jamás van a ser agradecidos?

Ejemplo os he dado -dice el Señor después de lavarles los pies a sus discípulos - para que como yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros -Cf. Jn 13, 15. Nos deja una suprema lección para que entendamos que si no somos humildes, si no estamos dispuestos a servir, no podemos seguir al Maestro.

El Señor nos invita a seguirle y a imitarle, y nos deja una regla sencilla, pero exacta, para vivir la caridad con humildad y espíritu de servicio: Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos -Cf Mt 7, 12. La experiencia de lo que me agrada o me molesta, de lo que me ayuda o me hace daño, es una buena norma de aquello que debo hacer o evitar en el trato con los demás.

Lo que todos deseamos:

Todos deseamos una palabra de aliento cuando las cosas no han ido bien, y comprensión de los demás cuando, a pesar de la buena voluntad, nos hemos vuelto a equivocar; 

y que se fijen en lo positivo más que en los defectos; y que haya un tono de cordialidad en el lugar donde trabajamos o al llegan a casa; 

y que se nos exija en nuestro trabajo, pero de buenas maneras;

y que nadie hable mal a nuestras espaldas; y que haya alguien que nos defienda cuando se nos critica y no estamos presentes; y que se preocupen de verdad por nosotros cuando estamos enfermos;

y que se nos haga la corrección fraterna de las cosas que hacemos mal, en vez de comentarlas con otros;
y que recen por nosotros
 
y...
 
Estas son las cosas que, con humildad y espíritu de servicio, hemos de hacer por los demás. Discite benefacere. Si nos comportamos así, entonces: Aunque vuestros pecados fueran como la grana, quedarán blancos como la nieve. Aunque fueren rojos como la púrpura quedarán como la blanca lana. Is 1,18.

Lo que todos debemos cambiar: la soberbia

Por el orgullo buscamos la superioridad ante los demás.
 
La soberbia consiste en el desordenado amor de la propia excelencia. -Santo Tomás.
 
La soberbia es la afirmación aberrante del propio yo.
El hombre humilde, cuando localiza algo malo en su vida puede corregirlo, aunque le duela. El soberbio al no aceptar , o no ver, ese defecto no puede corregirlo, y se queda con él. El soberbio no se conoce o se conoce mal.

La soberbia lo inficiona todo. Donde hay un soberbio, todo acaba maltratado: la familia, los amigos, el lugar donde trabaja... Exigirá un trato especial porque se cree distinto, habrá que evitar con cuidado herir su susceptibilidad... Su actitud dogmática en las conversaciones, sus intervenciones irónicas -no le importa dejar en mal lugar a los demás por quedar él bien-, la tendencia a poner punto final a las conversaciones que surgieron con naturalidad, etcétera, son manifestaciones de algo más profundo: un gran egoísmo que se apodera de la persona cuando ha puesto el horizonte de la vida en sí misma.

"El primero entre vosotros sea vuestro servidor" -Mt 23, 11. Para eso hemos de dejar nuestro egoísmo a un lado y descubrir esas manifestaciones de la caridad que hacen felices a los demás. Si no lucháramos por olvidarnos cada vez más de nosotros mismos, pasaríamos una y otra vez al lado de quienes nos rodean y no nos daríamos cuenta de que necesitan una palabra de aliento, valorar lo que hacen, animarles a ser mejores y servirles.

El egoísmo ciega y nos cierra el horizonte de los demás; la humildad abre constantemente camino a la caridad en detalles prácticos y concretos de servicio. Este espíritu alegre, de apertura a los demás, y de disponibilidad es capaz de transformar cualquier ambiente. La caridad cala, como el agua en la grieta de la piedra, y acaba por romper la resistencia más dura. “Amor saca amor” -SANTA TERESA, Vida, 22, 14.  San Juan de la Cruz aconsejaba: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor” -SAN JUAN DE LA CRUZ, Carta a la M. M.0 de la Encarnación, en Vida, BAC,Madrid 1950, p. 1322.

Fuente: Corazones.org

lunes, 30 de agosto de 2010

María, Reina de las Misiones




Homilía de Mons. Cipriano Calderón Polo durante la misa con el Movimiento de Vida Cristiana en la Basílica del Santísimo Salvador y San Juan de Letrán, 27 de mayo de 1998. 
 
«María se puso en camino y fue aprisa a la montaña» (1).

1. Queridos jóvenes y demás hermanos y hermanas del Movimiento de Vida Cristiana, que desde tantos lugares de América Latina os habéis puesto «en camino» con vuestro Fundador, como María, para venir «aprisa» a esta «montaña» santa que es Roma.

Ahora estáis en la Catedral del Papa: «Omnium Urbis et Orbis Ecclesiarum Mater et Caput»: «Madre y cabeza de todas las Iglesias de la Urbe y del Orbe», como habéis visto escrito en el frontispicio del templo.

Aquí estamos reunidos para celebrar a Cristo, el "Santísimo Salvador". Tened presente que éste es el nombre principal de esta Patriarcal Basílica, comúnmente llamada de San Juan de Letrán: Basílica del Santísimo Salvador, Cristo Jesús a quien contemplamos, fascinante, radiante de luz y de misterio, Pantokrátor, en el impresionante mosaico bizantino de Torriti que mandó restaurar el Papa León XIII, en el ábside de esta Iglesia excepcional: primer templo de la cristiandad.

Celebramos a Cristo y celebramos a su Madre Santísima la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Evangelización.

2. El texto de San Lucas que se acaba de proclamar nos invita a mirar a María para ver en ella la primera evangelizada y la primera evangelizadora o «evangelista» (2), por usar expresiones del Papa Juan Pablo II.

Según narra el mismo San Lucas en los versículos anteriores a los que hemos escuchado (3), el ángel San Gabriel fue enviado por Dios a evangelizar a la Virgen de Nazaret; es decir, a anunciarle la gran noticia: la Encarnación del Hijo de Dios o Verbo del Padre, en «sus Purísimas entrañas», como aprendimos en el catecismo: inefable evento, sublime misterio.

Así María fue la primera evangelizada.

Pero apenas aconteció este hecho formidable en su vida juvenil, Ella, María, después de pronunciar el de la suprema generosidad, «se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (4). Nos recuerda el Prefacio de esta Misa que lo hizo «conducida por el Espíritu Santo», llevando «presurosa en su seno a Jesús hasta Juan, a fin de que fuera para él motivo de santificación y de gozo».
De esta manera María evangelizó a su prima; es decir, le anunció lo acaecido y así evangelizó, santificó, también, a la criatura que Isabel llevaba en su seno: Juan el Bautista, aquel que había de ser el Precursor del Mesías.

Así, pues, vemos que María fue también la primera evangelizadora, después de Jesús, quien es --como afirma Pablo VI en la Evangelii nuntiandi-- «el primero y el más grande evangelizador» (5), «Evangelio del Padre» y «Evangelizador viviente en su Iglesia», según las felices expresiones del documento final de la Conferencia de Santo Domingo (6).

3. ¿Cuál es la lección que vosotros podéis sacar de estos textos bíblicos que hemos citado, o de estos episodios marianos, meditándolos aquí esta tarde durante vuestra peregrinación en la Ciudad Eterna?

Tenéis que tomar conciencia de que habéis venido al centro de la catolicidad, podríamos decir, a la capital de la Iglesia, para evangelizaros y acentuar o dar nuevo ardor, nuevo énfasis, nuevas expresiones a vuestra vocación de evangelizadores; es decir, para aprender a evangelizar de forma más fuerte e incisiva y realizar luego de manera más eficaz la acción evangelizadora en vuestras patrias.

Tenéis que apreciar y aprovechar la gracia que el Señor os ha hecho de traeros a Roma, para evangelizaros aquí más profundamente. ¿Cómo?

Ante todo en el contacto con el Papa, en la cercanía al Vicario de Cristo, de forma que, con creciente fe y juvenil entusiasmo, sintonicéis cada vez más con las enseñanzas y las orientaciones del Santo Padre. Yo sé que ésta es una de las características de vuestro Movimiento de Vida Cristiana y ello es una garantía que dais a la Iglesia en orden a la evangelización.

La sintonía con el Romano Pontífice conlleva --como señalaba el Cardenal Secretario de Estado, Angelo Sodano, hace pocos días, hablando en el Sínodo de Asia-- la sintonía con sus colaboradores, con los organismos de gobierno pastoral de la Santa Sede (7). Claro que teniendo siempre presente que la Iglesia del Señor está cimentada sobre «la debilidad humana»: así rezamos en una de las Oraciones Colectas de Cuaresma (martes de la II semana). Si no tenéis presente este elemento, «la debilidad humana», os puede resultar difícil comprender algunas cosas. (Por lo demás, los prelados de la Curia queremos ser en nuestra labor auténticos evangelizadores).

Aquí tendréis estos días contacto con los dicasterios de la Curia romana y su personal; pero vais a tener contacto sobre todo con la Iglesia universal y sus ricas expresiones plasmadas en numerosos carismas y dinámicos movimientos.

Además, vais a tener contacto con la tradición viva de la Iglesia, hecha realidad perenne en tantos lugares sagrados que visitaréis: desde las Catacumbas y esta Basílica constantiniana del Cristo "Salvador y Evangelizador" (8) hasta el Vaticano, con la memoria de multitud de mártires y santos, empezando por los Apóstoles Pedro y Pablo: ellos, como todos los demás, trasmiten aquí, a los peregrinos, su mensaje cual si estuvieran vivos.

Todo esto que llamamos "romanidad" es fuente de evangelización, es algo que, si se sabe captar, evangeliza en profundidad. Por eso es tan importante lo que Juan Pablo II, en su libro Don y Misterio, llama «aprender Roma» (9).

Roma es por antonomasia la ciudad de la paz eclesial, del diálogo ecuménico, de la santidad contagiosa y de la evangelización. «Hinc una fides mundo refulget», podréis leer en los grandes caracteres del mosaico dorado que rodean la banda interior de la cúpula de San Pedro. Es una frase de San Cipriano que podríamos traducir así: «Desde aquí, con la fe, se llena de luz, se evangeliza el mundo».

Por eso de Roma deberéis marchar, emprender el camino hacia vuestras patrias, llenos de amor a la Iglesia, con un fino sentido de Iglesia y con una gran inquietud apostólica. Esto es, no sólo más evangelizados sino más dispuestos, más decididos y más preparados a ser auténticos evangelizadores: evangelizados y evangelizadores, como María.

4. Poco nos dicen los Evangelios de la tarea evangelizadora de María como educadora de Jesús, en Nazaret, y luego acompañándolo por los caminos de Galilea y de Judea.
En realidad, con el Salvador y junto al Salvador, María evangelizó con su fino testimonio y con su elocuente silencio.

En Caná de Galilea, cuando la Virgen pidió a su Divino Hijo una intervención en favor de los jóvenes esposos que se habían quedado sin vino para sus invitados, Ella, María, pronunció unas palabras que son como la síntesis de la filosofía pastoral y de toda la pedagogía de la evangelización: 
«Haced lo que Él os diga» (10).

Fue una invitación de María a centrar la atención en Cristo y en su palabra.

Ahora bien, ¿qué dijo Jesús a la Iglesia naciente, a los Apóstoles, en el Monte de los Olivos, al terminar su misión terrena, antes de subir al Padre? Recordemos el final del Evangelio de San Mateo (11) o también la conclusión del Evangelio de San Marcos. Dice el Señor: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura» (12).

En estas palabras que escuchamos ahora aquí como si nos las repitiera, con especial énfasis, el Jesús del mosaico del ábside que habla desde la Jerusalén celeste representada en dicho mosaico y desde la cual descienden los cuatro desbordantes ríos que son los Evangelios, en estas palabras: «Id... y predicad la Buena Nueva», «está contenida la proclama solemne de la evangelización» (13). Así lo afirma Juan Pablo II.

Contienen esas palabras la profecía de la evangelización, pronunciada por Jesús en el Monte de los Olivos, el día de su Ascensión a los cielos.

Después de este episodio, María aparece de nuevo, como nos ha recordado la primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles (14), evangelizando en el Cenáculo a los discípulos enviados por el Señor a predicar la Buena Nueva a todos los hombres y a todas las mujeres del mundo: la Virgen ora, reza --dice la Oración Colecta y también el Prefacio de esta Misa-- con «los pregoneros del Evangelio, los inflama en el amor», los «impulsa con su ejemplo», alienta su esperanza, preparándolos para la venida del Espíritu Santo y para la realización del mandato misionero de Cristo; es decir, «para que no cesen de anunciar a Cristo el Salvador».

Este mandato misionero se fue realizando a través de los siglos y un día venturoso, el 12 de octubre de 1492, la profecía de la evangelización se cumplió también en América: la cruz fue plantada en las tierras descubiertas por Cristóbal Colón y, luego, misioneros provenientes de España comenzaron a predicar allí el Mensaje de Jesús, llegando también a las tierras de Perú, de Colombia, de Brasil, de Ecuador, de Costa Rica, de Estados Unidos y de las demás naciones aquí representadas. Así, después de 500 años, en aquel continente se encuentran, al final del segundo milenio, la mitad de los católicos de todo el mundo, con una Iglesia realmente viva y dinámica, de la que vosotros sois un buen testimonio. Por eso, el Papa lo llama el «Continente de la Esperanza».

5. Juan Pablo II ha escrito que la Virgen fue la «primera evangelizadora de América Latina» (15).

En la Catedral de Lima se venera la imagen de Nuestra Señora de la Evangelización, enviada a la ciudad de los Reyes por el Emperador Carlos V.

Pensemos en la inmensa y desbordante labor evangelizadora que la Virgen realiza en tantos santuarios marianos esparcidos por todo el mundo, comenzando por Santa María la Mayor aquí en Roma, y en el suelo americano, desde Guadalupe.

¡Cuántas multitudes! Miles y miles de personas van continuamente a esos santuarios para ser evangelizadas por Santa María.

Dejémonos también nosotros evangelizar por la Virgen de Nazaret. Aprendamos de Ella a entregarnos sin reserva a la fascinante aventura de la Nueva Evangelización, a la que nos ha convocado el Papa en la perspectiva del tercer milenio de la Iglesia.

Pero no olvidemos, sobre todo ahora en Pentecostés, que --como afirma el Papa en la carta apostólica Tertio millennio adveniente-- el «agente principal de la Nueva Evangelización» es el Espíritu Santo (16): «fuente de los carismas», «incienso de la oración», «fuego del testimonio», «luz de la fe», «aliento y sonrisa de la Iglesia», «gozo de María», como dicen las Letanías del Espíritu Santo.

Él haga que la profecía de la evangelización se cumpla en el mundo entero; que se cumpla en el Sodalitium Christianae Vitae y en el Movimiento de Vida Cristiana, en cada uno de nosotros.

«Evangelizare Iesum Christum»: anunciar a Jesucristo, según el grito de San Pablo (17) que oiréis resonar en la Basílica del Apóstol de las Gentes, cuando la visitéis.
Jesucristo, único Salvador del mundo: ayer, hoy y siempre. Así sea.
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Notas
1. Lc 1,39. 
2. Juan Pablo II, Catequesis del 2/10/1996, 2. 
3. Ver Lc 1,26-38. 
4. Lc 1,39-40.
5. Evangelii nuntiandi, 7.
6. Ver los títulos de la primera y segunda parte. 
7. Ver «L'Osservatore Romano», edición semanal en lengua española, 22/5/1998, p. 11.
8. Ver Tertio millennio adveniente, 40. 
9. Juan Pablo II, Don y Misterio. En el quincuagésimo aniversario de mi sacerdocio, BAC, Madrid 1996, pp. 66-67. 
10. Jn 2,5. 
11. Ver Mt 28,19-20. 
12. Mc 16,15. 
13. Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 2. 
14. Ver Hch 1,12-14.
15. Juan Pablo II, Discurso de llegada a la Ciudad de México, 6/5/1990, 4. 
16. Tertio millennio adveniente, 45. 
17. Ver Gál 1,16. 

martes, 24 de agosto de 2010

Bartolomé, Santo



Apóstol y Mártir



Martirologio Romano: Fiesta de san Bartolomé, apóstol, al que generalmente se identifica con Natanael. Nacido en Caná de Galilea, fue presentado por Felipe a Cristo Jesús en las cercanías del Jordán, donde el Señor le invitó a seguirle y lo agregó a los Doce. Después de la Ascensión del Señor, es tradición que predicó el Evangelio en la India y que allí fue coronado con el martirio (s. I) 

Etimológicamente: Bartolomé = hijo de Tolomé” (Bar =hijo. Tolomé = “cultivador y luchador”).. Viene de la lengua hebrea.

Bartolomé, Santo
Bartolomé, Santo
Biografía

A este santo (que fue uno de los doce apóstoles de Jesús) lo pintaban los antiguos con la piel en sus brazos como quien lleva un abrigo, porque la tradición cuenta que su martirio consistió en que le arrancaron la piel de su cuerpo, estando él aún vivo.

Parece que Bartolomé es un sobrenombre o segundo nombre que le fue añadido a su antiguo nombre que era Natanael (que significa "regalo de Dios") Muchos autores creen que el personaje que el evangelista San Juan llama Natanael, es el mismo que otros evangelistas llaman Bartolomé. Porque San Mateo, San Lucas y San Marcos cuando nombran al apóstol Felipe, le colocan como compañero de Felipe a Natanael.
 


El encuentro más grande de su vida


El día en que Natanael o Bartolomé se encontró por primera vez a Jesús fue para toda su vida una fecha memorable, totalmente inolvidable. El evangelio de San Juan la narra de la siguiente manera: "Jesús se encontró a Felipe y le dijo: "Sígueme". Felipe se encontró a Natanael y le dijo: "Hemos encontrado a aquél a quien anunciaron Moisés y los profetas. Es Jesús de Nazaret". Natanael le respondió: " ¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?" Felipe le dijo: "Ven y verás". Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: "Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño" Natanael le preguntó: "¿Desde cuando me conoces?" Le respondió Jesús: "antes de que Felipe te llamara, cuando tú estabas allá debajo del árbol, yo te vi". Le respondió Natanael: "Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel". Jesús le contestó: "Por haber dicho que te vi debajo del árbol, ¿crees? Te aseguró que verás a los ángeles del cielo bajar y subir alrededor del Hijo del Hombre." (Jn. 1,43 ). 

Felipe, lo primero que hizo al experimentar el enorme gozo de ser discípulo de Jesús fue ir a invitar a un gran amigo a que se hiciera también seguidor de tan excelente maestro. Era una antorcha que encendía a otra antorcha. Pero nuestro santo al oír que Jesús era de Nazaret (aunque no era de ese pueblo sino de Belén, pero la gente creía que había nacido allí) se extrañó, porque aquél era uno de los más pequeños e ignorados pueblecitos del país, que ni siquiera aparecía en los mapas. Felipe no le discutió a su pregunta pesimista sino solamente le hizo una propuesta: "¡Ven y verás que gran profeta es!"

 
Una revelación que lo convenció.

Y tan pronto como Jesús vio que nuestro santo se le acercaba, dijo de él un elogio que cualquiera de nosotros envidiaría: "Este si que es un verdadero israelita, en el cual no hay engaño". El joven discípulo se admira y le pregunta desde cuándo lo conoce , y el Divino Maestro le añade algo que le va a conmover: "Allá, debajo de un árbol estabas pensando qué sería de tu vida futura. Pensabas: ¿Qué querrá Dios que yo sea y que yo haga? Cuando estabas allá en esos pensamientos, yo te estaba observando y viendo lo que pensabas". Aquélla revelación lo impresionó profundamente y lo convenció de que este sí era un verdadero profeta y un gran amigo de Dios y emocionado exclamó: "¡Maestro, Tú eres el hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel! ¡Maravillosa proclamación! Probablemente estaba meditando muy seriamente allá abajo del árbol y pidiéndole a Dios que le iluminara lo que debía de hacer en el futuro, y ahora viene Jesús a decirle que El leyó sus pensamientos. Esto lo convenció de que se hallaba ante un verdadero profeta, un hombre de Dios que hasta leía los pensamientos. Y el Redentor le añadió una noticia muy halagadora. Los israelitas se sabían de memoria la historia de su antepasado Jacob, el cuál una noche, desterrado de su casa, se durmió junto a un árbol y vio una escalera que unía la tierra con el cielo y montones de ángeles que bajaban y subían por esa escalera misteriosa. Jesús explica a su nuevo amigo que un día verá a esos mismos ángeles rodear al Hijo del Hombre, a ese salvador del mundo, y acompañarlo, al subir glorioso a las alturas.
Desde entonces nuestro santo fue un discípulo incondicional de este enviado de Dios, Cristo Jesús que tenía poderes y sabiduría del todo sobrenaturales. Con los otros 11 apóstoles presenció los admirables milagros de Jesús, oyó sus sublimes enseñanzas y recibió el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego.

El libro muy antiguo, y muy venerado, llamado el Martirologio Romano, resume así la vida posterior del santo de hoy: "San Bartolomé predicó el evangelio en la India. Después pasó a Armenia y allí convirtió a muchas gentes. Los enemigos de nuestra religión lo martirizaron quitándole la piel, y después le cortaron la cabeza".


Para San Bartolomé, como para nosotros, la santidad no se basa en hacer milagros, ni en deslumbrar a otros con hazañas extraordinarias, sino en dedicar la vida a amar a Dios, a hacer conocer y amar mas a Jesucristo, y a propagar su santa religión, y en tener una constante caridad con los demás y tratar de hacer a todos el mayor bien posible.



Oración

Oh, Dios omnipotente y eterno, que hiciste este día tan venerable día con la festividad de tu Apóstol San Bartolomé, concede a tu Iglesia amar lo que el creyó, y predicar lo que él enseñó. Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén


¡Felicidades a los Bartolomés!



 Fuente: .Centro de Espiritualidad Santa María

lunes, 23 de agosto de 2010

Cómo era el temperamento, la psicología de Jesús? Segunda parte

• Espíritu sencillo: la sencillez es la no complicación ante Dios, los hombres y uno mismo. Es sinónimo de naturalidad, autenticidad, transparencia. Por eso, en Jesús encontramos una fluidez en la relación con su Padre. Y en el trato con los hombres no tenía gestos teatrales, ni tonos altisonantes ni espectacularidades para halagar a las masas.

No clamaba en las plazas. Su vocabulario era sencillo, natural, simple, imaginativo y plástico. Nos se iba a la abstracción; nos e andaba por las ramas. No se daba a logicismos rabínicos eruditos. Natural, sin afectación; natural, sin rarezas; natural, sin formalismos. Por eso, pedía que los ayunos no se hiciesen en público, sino en privado. Por eso, iba a los convites con gente sencilla e incluso poco recomendable. No se complicaba. No se hacía líos. No cavilaba. No buscaba dobles intenciones a las cosas. Por eso, desenmascaraba a los fariseos, porque eran complicados de mente, retorcidos, maliciosos, malpensados. Todo en Jesús es transparente, auténtico, sincero: "El ojo debe ser el espejo del corazón". Sencillez. Sencilla fue la llamada de cada apóstol. Nada de truenos, ni de gritos, ni de espasmos. Nada de sueños ni de visiones: "Ven y sígueme". Sencillez. Por eso, todo lo decía de frente sin complicarse. Sencillez. Por eso, simplificó los 503 preceptos judaicos en uno solo: Amaos.

• Espíritu original e independiente: A todos considera hermanos, no hay extraños ni extranjeros. Todos somos hijos del mismo Padre Celestial. En tiempo de Jesús imperaba un nacionalismo cerrado y de revancha contra el extranjero. Jesús habla de universalidad, de fraternidad, de unir Oriente y Occidente, donde se sentarán todos en el mismo banquete.

Original, también, al dar primacía y prioridad al valor ético, interior, espiritual y no a la letra, que a veces mata, si no está permeada de espíritu. "Habéis oído que se dijo, pero Yo os digo...". ¡Qué postura tan valiente, gallarda, independiente! "Nadie habló como Éste".

Por este espíritu de independencia corrige la interpretación dada a las leyes antiguas, simplifica todo, perfila, matiza. Todo sonaba nuevo, original: "Dar la otra mejilla, devolver bien por mal, amar al enemigo, no permitirse ni siquiera desea a la mujer del prójimo, perdonar, sólo los enfermos necesitan del médico, buscar lo perdido, lo que sale del corazón eso es lo que mancha...".

Por este espíritu original, no promete un mesianismo terreno, político, social, sino espiritual, donde los pobres, los afligidos, los humildes, los pacíficos, los perseguidos son quienes tendrán su recompensa. Por eso su doctrina, por ser nueva, pedía odres nuevos, corazones nuevos, mentes nuevas. Si no, se echaría a perder el vino de su mensaje.

Original y atrevido. Se considera superior a la ley, al templo, al sábado, y con toda independencia y libertad, cambia las antiguas costumbres que eran intocables: "Habla con una mujer samaritana, come con pecadores, cura a extranjeros, se encara con esos maestros de la ley, quebranta el sábado para hacer el bien a los necesitados...".

• Espíritu de mansedumbre, exento de blandos sentimentalismos: No ha habido temperamento más comprensivo y condescendiente con el prójimo que Jesús. Su espíritu de mansedumbre culmina en su silencio, en su porte digno al ser abofeteado. No es un silencio lleno de miedo e impotencia; sino un silencio lleno de dominio y contención de las pasiones irascibles. Jesús es una mezcla de majestad y dulzura. Sabe condescender sin rebajarse; entregarse sin perder su ascendiente; darse sin abandonarse.

Su dulzura y mansedumbre no significaba transigencia y aprobación de situaciones injustas o de actitudes erradas. Por eso, desenmascara la falsedad, la hipocresía, con frases duras y cortantes, de las clases dirigentes judaicas. No se alza contra la autoridad; al contrario, dice a los suyos que sigan sus instrucciones, pero no su conducta. Vigoroso y suave, suro y condescendiente. En el equilibrio de ambas tendencias está el carácter perfecto.

• Espíritu comprensivo y humano, sin concesiones a la demagogia: Jesús era intransigente con el pecado e indulgente con el pecador. Ahí tenemos a Jesús frente a la mujer adúltera (Juan 8, 1s) y frente a esos judíos que trajeron a esa mujer pública. Fue indulgente con ella, porque estaba arrepentida, pero fue intransigente con el pecado de la mujer: "Vete y no peques más". Y fue intransigente con esos judíos: "El que de vosotros esté sin pecado, arroje la primera piedra".

Ahí tenemos a Jesús frente a esa mujer samaritana (cf. Juan 4). Jesús le puso ante su cara el pecado: "Cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido". Pero la fue llevando al arrepentimiento. Jesús no tiraba las piedras contra los pecadores, como hacían los fariseos. Era comprensivo con la debilidad humana. Pero era intransigente con la mentira, la hipocresía, la falsedad, la ambición, la comodidad. Por eso no dudó de hablar duro a Pedro: "Apártate de mí Satanás" cuando Pedro quiso quitar del plan de Jesús la cruz, lo difícil (Mateo 16, 21-23). Aún resuenan las terribles palabras contra la actitud de esos jefes religiosos: "Fariseos, sepulcros blanqueados, raza de víboras". Daban la impresión de una virtud interior que no tenían.

Comprensivo con el pecador humilde. Por eso perdonó al buen ladrón (cf. Lucas, 23, 39-43), a Zaqueo (cf. Lucas 19, 1-10). Pero esta comprensión con la debilidad humana, estaba muy por encima de la demagogia o condescendencia con las pasiones bajas de las turbas. Por eso, no lanza un programa o un mensaje facilitón, cómodo, de satisfacciones sociales en el orden terrenal; no promete bienes terrenales, sino persecuciones, dificultades. Por eso, a los que le siguen les pide renuncias terribles, negarse a sí mismo, tomar la cruz...amarla a Él más que a sus seres queridos.

Nada de concesiones a la sensualidad y a la animalidad del hombre. Primero están los valores del espíritu, que piden ascesis, trabajo, renuncia. Jesús no halaga, exige. Jesú no cede, exige. No contemporaliza, exige. Nada de demagogias facilitonas, como hacían otros mesías. Su mensaje era crudo: cruz, sacrificio, renuncia. Y sin embargo, era el Pastor que busca esa oveja perdida y cuando la halla, se alegra, la pone sobre los hombros, hace fiesta. Era ese Médico que curaba las heridas profundas del corazón de quien se acercaba humilde y arrepentido. Eera ese Padre que se compadecía de esas turbas hambrientas de su Palabra, y les alimentaba sin prisas, aunque no tuviera Él tiempo para comer. Jesús, pues, era intransigente con el pecado, pero comprensivo con el pecador. Para ello se necesita tener un corazón noble, grande para amar y fuerte para luchar.

• Espíritu austero: austero, no al estilo de Juan Bautista, que huye del mundo y de sus nobles alegrías. Jesús no es un anacoreta que vive aislado en el desierto, sin más compañía que la de los chacales. El anacoreta se desconecta de la vida social, de sus problemas y angustias. La misión de Jesús debía desarrollarse en el bullicio de las ciudades, conviviendo con sus conciudadanos y participando de sus preocupaciones. Los monjes anacoretas tenían este lema: "Huye, reza, llora". Jesús, no. Jesús quiere santificar la vida social en su propio ambiente, en contacto con las diversas clases sociales de su tiempo.

¿Dónde está, pues, su austeridad, si tenía que vivir en medio del mundo?

En su vida personal había abrazado la más estricta pobreza. No tenía dónde reposar la cabeza. Tenía otro alimento distinto. Austeridad, como ese tener lo esencial, vivir con lo esencial; en comida, vivienda y vestido. Austeridad, como libertad interior. Cuanto menos se tiene, más libre se siente Jesús.

Su mensaje, por otra parte, exige austeridad, renuncia: "No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla corroe"... "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero...?"... "Una cosa es necesaria". Pide, pues, austeridad, para desembarazar el espíritu a fin de que vuele con mayor libertad hacia la santidad. Pide perder la vida material, para salvar el alma espiritual. Como el cirujano que amputa un miembro, para el bien del todo. Pide vender todo lo material para comprar la perla preciosa de su amistad, de su gracia, de su Reino.

Nada tiene valor para Jesús, sino en función de su dimensión religiosa y espiritual. Por eso lo material debe ocupar un lugar secundario en la vida del cristiano. Si no hay renuncia en la vida, no hay clima propicio para el desarrollo de los valores espirituales. Su mensaje, por tanto, supone un programa de renuncia. No nos hagamos ilusiones: para entrar en el Reino de los cielos hay que desprendernos. La austeridad nos ayuda a elevar la mirada a las cosas de arriba, y a desprendernos de las cosas, afectivamente, primero, y efectivamente, después.

• Espíritu razonablemente afectivo: la actitud de austeridad y desprendimiento ante la vida en Jesús no está reñida con un temperamento afectivo, cálido, cordial.

Austeridad no significa adustez, insensibilidad, frialdad en el trato con los demás. La austeridad regula esa tendencia de todo hombre a tener más de lo necesario. La afectividad es una cualidad que todo hombre tiene que desarrollar en el marco de un equilibrio, y que le hacer ser más hombre.

¿Cómo demostró Cristo su afectividad?

En los Evangelios se nos habla de su predilección por los niños, símbolo del candor y humildad, necesarios para entrar en el Reino. Con sus apóstoles fue afectuoso y el Evangelio no esconde que Jesús tuvo predilección con algunos: Pedro, Santiago y Juan. A pesar de la rudeza de aquellos pescadores, Jesús tuvo detalles de delicadeza y afectividad: cuando les vio cansados, los llevó a la otra orilla a pasar un fin de semana. En la Última Cena los llama: "hijitos míos" y les deja el testamento del amor, como sello de su pertenencia. Les lava los pies.

Cuando les manda al apostolado se preocupa de que no les falte nada. Fue compañero de fatigas y sinsabores, de alegrías y sobresaltos de esos doce íntimos. Con ellos desarrolló una afectividad sana, equilibrada y orientada al bien. La afectividad unida a la amistad crea lazos irrompibles, estrechos y duraderos.

Antes de partir al Padre, Jesús les conforta, les anima y les promete un Consolador, el Espíritu Santo. Les promete su asistencia hasta el final de los tiempos. Hoy diríamos: "Jesús tenía corazón". Esto es la afectividad. La misma Eucaristía fue regalo de esta afectividad inigualable que desembocó en amor íntimo y oblativo.

Las lágrimas que Jesús derramó en varias ocasiones demuestran que Jesús no era una persona adusta o insensible, sino, al contrario, con una capacidad de afectividad fina. Le dolía que no le aceptaran como Mesías. Le dolía la suerte de su pueblo. Le dolía la injusticia, la explotación, el sufrimiento de su gente. Le dolía la ingratitud. Le dolía la terquedad de algunos.

CONCLUSIÓN

Hemos visto todo un mosaico de virtudes en Jesús. Virtudes en plena armonía, que forman la rica personalidad de Cristo, su mundo psicológico y afectivo. Estas virtudes las vivió Jesús de un modo sereno, límpido, natural, sin tensiones. Cristo representa el equilibrio, el ideal más puro de la Humanidad. A Él tenemos que mirar todos, por ser el Camino, la Verdad y el Modelo

A modo de conclusión, hagamos un breve resumen de cuanto se ha dicho: ¿Cómo era Jesús?

• Ante su Padre: obediente, agradecido, atento, solícito, amoroso, delicado, respetuoso.

• Ante los hombres: Demuestra un gran interés por el hombre, por cada hombre. Le ama con compasión, le habla con sencillez, le corrige con bondad y con exigencia amorosa para que se convierta; le urge la conversión del hombre. Quiere hacerle salir de su reducido mundo, abrirle horizontes, darle alas para que comprenda lo que es, lo que puede ser. Desea hacerle superar lo inmediato para que vea lo profundo de su vida y de su actuación. Usa términos absolutos: nadie, todos, perderse, salvarse; no se queda en las ramas, va a las raíces (Mc 8, 35; Mc 9, 43-44). Utiliza las narraciones o parábolas para iluminar las actitudes que el hombre debe tener en su vida, para enseñarle cómo debe actuar para ser mejor: el sembrador y su cosecha (Mt 13), obrero y trabajo (Mt 20, 1-16), servidor y señor (Lc 12, 45-47), ladrón (Lc 12, 39), padre e hijo (Lc 15, 11-32), administrador y el rico (Lc 16, 1-8); rico y pobre (Lc 16, 19-31), negociantes y casas de préstamo (Lc 19, 12-23), invitados a la boda (Lc 14, 8-12), gobernantes y súbditos (Mt 20, 25). También usaba paradojas y enigmas para hacerle pensar al hombre, animarle a buscar. Emplea el género apocalíptico para recordar la inseguridad del hombre, el juicio al está sometido, la soberanía de Dios, su paciente espera, su justicia, la maldad del pecado, la necesidad de estar vigilante (Mt 24, 36; 24, 27-28; Mt 25). ¿Desde dónde enseña al hombre? Cualquier parte es púlpito: plazas, caminos, a orillas del lago, sinagoga, banquetes, templo, etc. ¿Cómo enseña? Con autoridad, con decisión, con paciencia y bondad.

• Ante las cosas: amor y respeto por la naturaleza. Se ha fijado en todo: pájaros (Lc 9, 58; 12,6), los cuervos (Lc 12, 24), los lirios (Lc 12, 27), la hierba del campo (Lc 12, 28; Mt 6, 30), las vides y los sarmientos (Jn 15), las uvas y los espinos, los higos y los cardos (Mt 7, 16), los juncos y hierbas agitados por el viento (Lc 7, 24), las nubes en el cielo (Lc 12, 54), el viento (Jn 3, 80), la gallina (Lc 13, 34). Y todas las cosas las relaciona con el Padre, con el mundo espiritual. Todo es huella de Dios. Tiene en cuenta los hechos sociales, civiles y religiosos, cotidianos. Utiliza símbolos que transportan a una realidad profunda: sal, luz, candil, perfume, polilla, carcoma, viga, perla, roca, río, viento, casa, red, tesoro, grano de mostaza, grano de trigo, cizaña, etc. Todo le servía a predicar su mensaje divino. Jesús se da cuenta de las relaciones humanas, comerciales, política y religiosas, que se dan en la sociedad en que vive.

Autor: P. Antonio Rivero, L.C
Fuente: Libro Jesucristo







Cómo era el temperamento, la psicología de Jesús?

En una palabra, Jesús era impecable, es decir, libre de toda imperfección y mancha moral ante Dios y los hombres. Nadie pudo sorprenderlo en mentira o falla. Por eso pudo decir: "¿Quién me argüirá de pecado?". Nadie pudo echarle en cara un pecado. San Pedro así afirmó: "No hubo pecado en él, ni engaño en su boca" (1 Pedro 2, 22).

Impecable significa santo. Jesús era santo. Tal convenía que fuese nuestro Sumo Sacerdote: "Santo, inmaculado, apartado de los pecados" (Hebr. 7, 26). En todo semejante a nosotros, menos en el pecado.

En el concilio de Éfeso del siglo IV se afirma que Jesús nunca cometió pecado. Y en el segundo concilio de Constantinopla se condena a quien diga que Jesús tuvo pasiones desordenadas carnales. Esta herejía y esta profanación se ha vuelto a repetir en la famosa película "La última tentación de Cristo". Esta postura es inaceptable porque en Jesús hay equilibrio entre el mundo pasional y el racional. El desequilibrio se da en nosotros, por culpa del pecado original. Pero en Jesús no hubo pecado original. Nació sin pecado, así lo dijo el ángel a María. Jesús no tenía tendencia interior al mal, como nosotros. Y las tentaciones del desierto o la de Getsemaní son tentaciones extrínsecas, es decir, vienen de fuerzas exteriores, provocadas por el Maligno. Y Jesús las rechaza al punto, porque en su alma no había complicidad radical alguna con el mal.

El"Apártate, Satanás" tantas veces pronunciado por Jesús, es el reflejo de la ausencia de complicidad pecaminosa en su interior.

El historiador Ranke escribió esto de Jesús: "Nada más inocente, más sublime y más santa ha existido en la tierra que la conducta de Cristo, su vida y su muerte. En cada una de sus sentencias sopla el puro aliento de Dios. Son palabras de vida eterna. El género humano no tiene recuerdo alguno que pueda ni de lejos compararse con éste". Así Jesús llega a ser el ideal ético de todos los tiempos y de todas las civilizaciones.

¿Qué decir de esas reacciones fuertes de Jesús? ¿No son accesos de ira y cólera con los vendedores del templo y con la clase dirigente de entonces?

Santidad y perfección moral no significa tener temperamento flemático, débil, apático, apagado. No. Jesús es un hombre con energía moral, de temperamento fuerte y apasionado. Y cuando está en juego la gloria del Padre y la honestidad y honradez no duda en airarse. No tolera la mentira, la falsedad, la doblez. Se indigna contra quienes quieren falsear la religión y se creen justos. Podemos imaginarlo con los ojos llameantes, los labios trémulos y las mejillas abrasadas, porque "el celo de la casa de su Padre le consume". Jesús no se queda en medias tintas. Su ira no va contra las personas, sino contra la actitud hipócrita y doble de esa gente dirigente.

Por tanto, su semblanza moral estaba enriquecida con estas joyas: mansedumbre y comprensión, exigencia y fuerza. No se excluyen. Es más, se complementan.

De Él se dijo: "Nadie habló como Él." Detrás de esta frase se esconde todo el mundo intelectual de Jesús. ¿Cómo era la inteligencia de aquel que a los doce años dejó boquiabiertos a los doctores de la ley? ¿Cómo era la inteligencia de aquel que cuando hablaban todos estaban pendientes de las palabras de gracia que salían de su boca? ¿Cómo era la inteligencia de quien pronunció el hermoso discurso o sermón de la montaña, jamás superado por nadie?

La gente de su tiempo estaba asombrado ante Jesús, hasta el punto de decir: "¿De dónde le vienen a éste tales cosas y qué sabiduría era esa que le había sido dada?". Otros decían: "¿Cómo es que sabe letras sin haberlas aprendido?".

¿Cómo era la inteligencia de aquel que nos describió lo más profundo y misterioso, el Reino de los cielos, con imágenes tan sencillas y asequibles como la buena semilla, el grano de mostaza, un poco de levadura, la perla preciosa, la red que se echa al mar?

La teología nos dice que Jesús tuvo tres tipos de ciencia:

• Ciencia beatífica intuitiva: por ser Dios, Él veía a Dios cara a cara. Veía todo el pasado, el presente y el futuro. Veía su vida, sus sufrimientos, sus trabajos, su apostolado, su muerte en la cruz, su triunfo en la resurrección. Veía las etapas de la Iglesia con todas las pruebas y vicisitudes. Veía a sus hermanos los hombres, sus avances y tropiezos, sus miserias y grandezas. Y todo esto le causaba un doble sentimiento: por una parte, alegría, por el bien que veía en muchos; y, por otra parte, pena, por el mal que muchos perpetraban a sus semejantes con guerras, crímenes e injusticias.

• Ciencia infusa: es la ciencia que Dios da a los ángeles y a gente privilegiada, que sin haber estudiado, saben las cosas porque Dios se las infunde en su inteligencia y en su espíritu.

• Ciencia adquirida o experimental: es la ciencia que vamos aprendiendo con el paso de los días, gradualment. Así se entiende la frase del evangelio: "El niño crecía en edad, sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres". Jesús era verdadero hombre, por tanto, su conocimiento fue progresivo, como el conocimiento de todo hombre.

Jesús, pues, tenía una inteligencia brillante, intuitiva, clara, concreta, basada en la realidad, donde extraía los datos para su predicación. Era muy observador. Se fijaba en todo: en los lirios, en los pajarillos, en los campos, en las actitudes de los hombres. Sus ojos eran como una cámara de fotos.

Psicología y temperamento de Jesús.

Hay psicologías sanas, equilibradas, serenas, entusiastas, optimistas. Y hay psicologías enfermas, hipocondríacas, esquizofrénicas, megalómanas, amorfas, raras, depresivas, pesimistas, asustadizas y desequilibradas.

Hay temperamentos para todos los gustos: colérico, nervioso, apático, sentimental, apasionado, sanguineo, superficial, profundo.

¿Cómo era Jesús? Es un hecho: Jesús ha sido, es, y será un personaje excepcional desde todos los puntos de vista. Ha partido la historia en dos: antes de Cristo, después de Cristo.

A veces su modo de obrar es extraño, hasta el punto que sus mismos parientes creen que "ha perdido el juicio" (Mc 3, 21) y lo quieren llevar a su casa porque creen que compromete el honor familiar.

Los enemigos le acusan de estar poseído de un espíritu maligno, porque su obrar y doctrina rompen con los moldes recibidos del ambiente judaico (Mat 12, 24).

Otras veces su conducta parece un poco extraña: hace barro en el suelo con la saliva y unta los ojos de un ciego; o mete los dedos en los oídos de un sordo; o escribe con el dedo en el suelo o arroja airado a los mercaderes del templo. ¿No sufrirá una crisis nerviosa, no tendrá algún desajuste emocional o psicológico?

¿Quién es éste que quebranta el sábado, que come y bebe con pecadores? ¿Ha perdido los estribos?

Un maestro un tanto singular: un maestro que no tenía lugar físico donde preparar sus clases; no tenía escuela, no llevaba libros debajo del brazo. Ni casa donde dormir.¿Qué características podemos entresacar del temperamento de Jesús, a la luz del Evangelio?

• Espíritu equilibrado: a pesar de que su vida se desarrolló en un ambiente de lucha y fricción, dado que su mensaje era innovador y chocaba constantemente contra las clases dirigentes de entonces, que le consideraban intruso, Jesús les desenmascara terriblemente, con espíritu decidido, costase lo que costase.

Y lo hace con espontaneidad, equilibrio, naturalidad, sinceridad...pero también con tono y palabras punzantes, con argumentos contundentes y serenos, hasta el punto que nadie se atreve a echarle mano (Jn 7, 45).

Cuando quisieron sus paisanos despeñarle, con toda naturalidad pasa en medio de ellos, sin nerviosismo ni excitación. En su vida no hay bruscas alternativas, ni depresiones nerviosas ni rectificaciones de conducta o de doctrina. Este equilibrio y serenidad es reflejo de una armonía y equilibrio de su alma segura y centrada en torno a una misión superior. Dice un autor de él: "Hombre verdaderamente completo, hombre de un tiempo y de una raza apasionada de la que no rechazó sino las estrecheces de miras y errores. Tiene sus entusiasmos y sus santas cóleras. Conoce las horas en las que la fuerza viril se hincha como un río y parece desbordarse. Pero siempre permanece lúcido: nada de exageración, de pequeñez, de vanidad, ningún infantilismo, ningún rasgo de amargor egoísta e interesado. Agitadas, temblorosas, las aguas permanecen límpidas" (Grandmaison).

• En sus desahogos de cólera, su centro es el celo de su Padre, que es el centro de su alma. Es una reacción en defensa de los intereses superiores del Reino de Dios. No busca sus intereses personales.

• Espíritu lúcido y voluntad decidida: lucidez, pues sabía a qué había venido, conocía bien el plan que su Padre le había trazado. Lúcido en su hablar y predicar. No desvariaba, no perdía la memoria. Su hablar era coherente, reflexivo y brillante. Y al mismo tiempo, tenía una voluntad decidida. Nada de blandenguería, ni voluntad enfermiza o débil. Voluntad decidida, demostrada en términos tajantes: "Si tu ojo...si tu mano...córtatelos".... "Dejad a los muertos enterrar a los muertos"...."Dejen todo y síganme". Fue esta voluntad decidida, la que hizo que algunas veces los apóstoles no se atrevieran a preguntarle...estaban como sobrecogidos y con temor, a veces. ¡Qué decisión la de Jesús: "Que nunca salga fruto de ti"!

• Fiel a su misión: por eso rechazó las propuestas de Satanás en el desierto. Por eso rechazó la propuesta de la gente para hacerle rey temporal. Por eso rechazó la propuesta de Pedro de quitarle la cruz y el sacrificio. Por eso, al final de su vida pudo decir: "Todo está cumplido".

• Espíritu sincero y auténtico: en Cristo no cabían las mañas, la manipulación de la gente, el engaño, las palabras de doble sentido, la trampa.

Por eso, luchó a muerte contra el espíritu doble e hipócrita de los fariseos, a quienes trató duramente. No aguantaba la mentira. Por eso dijo: "Vuestra palabra sea sí o no...no se puede servir a dos señores...la lámpara de tu cuerpo es tu ojo". Jesús no tenía máscaras. Era transparente: por eso lloraba, sentía tedio y temblor, se compadecía, se enojaba...No era un estoico. Nada tenía postizo. Por eso, desenmascara las trampas de los fariseos: "Mostradme el denario...dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".

• Espíritu realista, no idealista: Jamás se oyó decir de Cristo que tuvo éxtasis, es decir, momentos en que perdía el control de los sentidos, por estar en contacto con el mundo sobrenatural.

Nunca se desconectó del mundo sensible. Nunca estuvo fuera de sí, como estuvo san Pablo o santa Teresa o san Juan de la Cruz, a quienes Dios les concedió estas gracias especiales.

Jesús era realista. Vivía a la intemperie. Nunca estuvo enfermo. Esto nos demuestra que tuvo un equilibrio orgánico y psíquico a prueba de todo. Quien anda en éxtasis se siente descoyuntado, molido, con dolores musculares y orgánicos.

Jesús vivía en la realidad. Y esa realidad era dura. Tanto que le creaba tensión con su misión: "Tengo que recibir un bautismo de sangre...las raposas tienen madriguera...vamos a Jerusalén". Jesús no fue un idealista ni un soñador. Pisa en tierra firme: "Dadles de comer...estoy conmovido". No es un sonámbulo. No tiene espasmos nerviosos. No tenía sugestiones ni fanatismos. Jesús nada tiene de rarezas. Por eso, come, bebe, echa en cara, discute, reza, motiva, llama la atención, se enoja.Sus mismas parábolas demuestran este espíritu realista: pescadores escogiendo los peces buenos; los agricultores sembrando la buena semilla; los obreros esperando en la plaza el contrato del día; la reacción de los que trabajaron más contra los más favorecidos; la preocupación de la mujer que perdió una dracma en la casa; la súplica de la mujer ante el juez inicuo; los amigos importunos que van de noche a pedir pan al amigo; el rico que no se preocupa del pobre; los fariseos que en las plazas hacen todo para ser vistos; la madre que va a dar a luz; los lirios del campo; los que entran al banquete sin llevar vestido de etiqueta... ¡Qué ojo tan realista y observador! Nada se le escapa. Con sus parábolas podríamos reconstruir el medio ambiente social de su época.

• Espíritu sencillo: la sencillez es la no complicación ante Dios, los hombres y uno mismo. Es sinónimo de naturalidad, autenticidad, transparencia. Por eso, en Jesús encontramos una fluidez en la relación con su Padre. Y en el trato con los hombres no tenía gestos teatrales, ni tonos altisonantes ni espectacularidades para halagar a las masas.

No clamaba en las plazas. Su vocabulario era sencillo, natural, simple, imaginativo y plástico. Nos se iba a la abstracción; nos e andaba por las ramas. No se daba a logicismos rabínicos eruditos. Natural, sin afectación; natural, sin rarezas; natural, sin formalismos. Por eso, pedía que los ayunos no se hiciesen en público, sino en privado. Por eso, iba a los convites con gente sencilla e incluso poco recomendable. No se complicaba. No se hacía líos. No cavilaba. No buscaba dobles intenciones a las cosas. Por eso, desenmascaraba a los fariseos, porque eran complicados de mente, retorcidos, maliciosos, malpensados. Todo en Jesús es transparente, auténtico, sincero: "El ojo debe ser el espejo del corazón". Sencillez. Sencilla fue la llamada de cada apóstol. Nada de truenos, ni de gritos, ni de espasmos. Nada de sueños ni de visiones: "Ven y sígueme". Sencillez. Por eso, todo lo decía de frente sin complicarse. Sencillez. Por eso, simplificó los 503 preceptos judaicos en uno solo: Amaos.

• Espíritu original e independiente: A todos considera hermanos, no hay extraños ni extranjeros. Todos somos hijos del mismo Padre Celestial. En tiempo de Jesús imperaba un nacionalismo cerrado y de revancha contra el extranjero. Jesús habla de universalidad, de fraternidad, de unir Oriente y Occidente, donde se sentarán todos en el mismo banquete.

Original, también, al dar primacía y prioridad al valor ético, interior, espiritual y no a la letra, que a veces mata, si no está permeada de espíritu. "Habéis oído que se dijo, pero Yo os digo...". ¡Qué postura tan valiente, gallarda, independiente! "Nadie habló como Éste".

Por este espíritu de independencia corrige la interpretación dada a las leyes antiguas, simplifica todo, perfila, matiza. Todo sonaba nuevo, original: "Dar la otra mejilla, devolver bien por mal, amar al enemigo, no permitirse ni siquiera desea a la mujer del prójimo, perdonar, sólo los enfermos necesitan del médico, buscar lo perdido, lo que sale del corazón eso es lo que mancha...".

Por este espíritu original, no promete un mesianismo terreno, político, social, sino espiritual, donde los pobres, los afligidos, los humildes, los pacíficos, los perseguidos son quienes tendrán su recompensa. Por eso su doctrina, por ser nueva, pedía odres nuevos, corazones nuevos, mentes nuevas. Si no, se echaría a perder el vino de su mensaje.

Original y atrevido. Se considera superior a la ley, al templo, al sábado, y con toda independencia y libertad, cambia las antiguas costumbres que eran intocables: "Habla con una mujer samaritana, come con pecadores, cura a extranjeros, se encara con esos maestros de la ley, quebranta el sábado para hacer el bien a los necesitados...".

• Espíritu de mansedumbre, exento de blandos sentimentalismos: No ha habido temperamento más comprensivo y condescendiente con el prójimo que Jesús. Su espíritu de mansedumbre culmina en su silencio, en su porte digno al ser abofeteado. No es un silencio lleno de miedo e impotencia; sino un silencio lleno de dominio y contención de las pasiones irascibles. Jesús es una mezcla de majestad y dulzura. Sabe condescender sin rebajarse; entregarse sin perder su ascendiente; darse sin abandonarse.

Su dulzura y mansedumbre no significaba transigencia y aprobación de situaciones injustas o de actitudes erradas. Por eso, desenmascara la falsedad, la hipocresía, con frases duras y cortantes, de las clases dirigentes judaicas. No se alza contra la autoridad; al contrario, dice a los suyos que sigan sus instrucciones, pero no su conducta. Vigoroso y suave, suro y condescendiente. En el equilibrio de ambas tendencias está el carácter perfecto.

• Espíritu comprensivo y humano, sin concesiones a la demagogia: Jesús era intransigente con el pecado e indulgente con el pecador. Ahí tenemos a Jesús frente a la mujer adúltera (Juan 8, 1s) y frente a esos judíos que trajeron a esa mujer pública. Fue indulgente con ella, porque estaba arrepentida, pero fue intransigente con el pecado de la mujer: "Vete y no peques más". Y fue intransigente con esos judíos: "El que de vosotros esté sin pecado, arroje la primera piedra".

Ahí tenemos a Jesús frente a esa mujer samaritana (cf. Juan 4). Jesús le puso ante su cara el pecado: "Cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido". Pero la fue llevando al arrepentimiento. Jesús no tiraba las piedras contra los pecadores, como hacían los fariseos. Era comprensivo con la debilidad humana. Pero era intransigente con la mentira, la hipocresía, la falsedad, la ambición, la comodidad. Por eso no dudó de hablar duro a Pedro: "Apártate de mí Satanás" cuando Pedro quiso quitar del plan de Jesús la cruz, lo difícil (Mateo 16, 21-23). Aún resuenan las terribles palabras contra la actitud de esos jefes religiosos: "Fariseos, sepulcros blanqueados, raza de víboras". Daban la impresión de una virtud interior que no tenían.

Comprensivo con el pecador humilde. Por eso perdonó al buen ladrón (cf. Lucas, 23, 39-43), a Zaqueo (cf. Lucas 19, 1-10). Pero esta comprensión con la debilidad humana, estaba muy por encima de la demagogia o condescendencia con las pasiones bajas de las turbas. Por eso, no lanza un programa o un mensaje facilitón, cómodo, de satisfacciones sociales en el orden terrenal; no promete bienes terrenales, sino persecuciones, dificultades. Por eso, a los que le siguen les pide renuncias terribles, negarse a sí mismo, tomar la cruz...amarla a Él más que a sus seres queridos.

Nada de concesiones a la sensualidad y a la animalidad del hombre. Primero están los valores del espíritu, que piden ascesis, trabajo, renuncia. Jesús no halaga, exige. Jesú no cede, exige. No contemporaliza, exige. Nada de demagogias facilitonas, como hacían otros mesías. Su mensaje era crudo: cruz, sacrificio, renuncia. Y sin embargo, era el Pastor que busca esa oveja perdida y cuando la halla, se alegra, la pone sobre los hombros, hace fiesta. Era ese Médico que curaba las heridas profundas del corazón de quien se acercaba humilde y arrepentido. Eera ese Padre que se compadecía de esas turbas hambrientas de su Palabra, y les alimentaba sin prisas, aunque no tuviera Él tiempo para comer. Jesús, pues, era intransigente con el pecado, pero comprensivo con el pecador. Para ello se necesita tener un corazón noble, grande para amar y fuerte para luchar.

• Espíritu austero: austero, no al estilo de Juan Bautista, que huye del mundo y de sus nobles alegrías. Jesús no es un anacoreta que vive aislado en el desierto, sin más compañía que la de los chacales. El anacoreta se desconecta de la vida social, de sus problemas y angustias. La misión de Jesús debía desarrollarse en el bullicio de las ciudades, conviviendo con sus conciudadanos y participando de sus preocupaciones. Los monjes anacoretas tenían este lema: "Huye, reza, llora". Jesús, no. Jesús quiere santificar la vida social en su propio ambiente, en contacto con las diversas clases sociales de su tiempo.

¿Dónde está, pues, su austeridad, si tenía que vivir en medio del mundo?

En su vida personal había abrazado la más estricta pobreza. No tenía dónde reposar la cabeza. Tenía otro alimento distinto. Austeridad, como ese tener lo esencial, vivir con lo esencial; en comida, vivienda y vestido. Austeridad, como libertad interior. Cuanto menos se tiene, más libre se siente Jesús.

Su mensaje, por otra parte, exige austeridad, renuncia: "No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla corroe"... "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero...?"... "Una cosa es necesaria". Pide, pues, austeridad, para desembarazar el espíritu a fin de que vuele con mayor libertad hacia la santidad. Pide perder la vida material, para salvar el alma espiritual. Como el cirujano que amputa un miembro, para el bien del todo. Pide vender todo lo material para comprar la perla preciosa de su amistad, de su gracia, de su Reino.

Nada tiene valor para Jesús, sino en función de su dimensión religiosa y espiritual. Por eso lo material debe ocupar un lugar secundario en la vida del cristiano. Si no hay renuncia en la vida, no hay clima propicio para el desarrollo de los valores espirituales. Su mensaje, por tanto, supone un programa de renuncia. No nos hagamos ilusiones: para entrar en el Reino de los cielos hay que desprendernos. La austeridad nos ayuda a elevar la mirada a las cosas de arriba, y a desprendernos de las cosas, afectivamente, primero, y efectivamente, después.

• Espíritu razonablemente afectivo: la actitud de austeridad y desprendimiento ante la vida en Jesús no está reñida con un temperamento afectivo, cálido, cordial.

Austeridad no significa adustez, insensibilidad, frialdad en el trato con los demás. La austeridad regula esa tendencia de todo hombre a tener más de lo necesario. La afectividad es una cualidad que todo hombre tiene que desarrollar en el marco de un equilibrio, y que le hacer ser más hombre.

¿Cómo demostró Cristo su afectividad?

En los Evangelios se nos habla de su predilección por los niños, símbolo del candor y humildad, necesarios para entrar en el Reino. Con sus apóstoles fue afectuoso y el Evangelio no esconde que Jesús tuvo predilección con algunos: Pedro, Santiago y Juan. A pesar de la rudeza de aquellos pescadores, Jesús tuvo detalles de delicadeza y afectividad: cuando les vio cansados, los llevó a la otra orilla a pasar un fin de semana. En la Última Cena los llama: "hijitos míos" y les deja el testamento del amor, como sello de su pertenencia. Les lava los pies.

Cuando les manda al apostolado se preocupa de que no les falte nada. Fue compañero de fatigas y sinsabores, de alegrías y sobresaltos de esos doce íntimos. Con ellos desarrolló una afectividad sana, equilibrada y orientada al bien. La afectividad unida a la amistad crea lazos irrompibles, estrechos y duraderos.

Antes de partir al Padre, Jesús les conforta, les anima y les promete un Consolador, el Espíritu Santo. Les promete su asistencia hasta el final de los tiempos. Hoy diríamos: "Jesús tenía corazón". Esto es la afectividad. La misma Eucaristía fue regalo de esta afectividad inigualable que desembocó en amor íntimo y oblativo.

Las lágrimas que Jesús derramó en varias ocasiones demuestran que Jesús no era una persona adusta o insensible, sino, al contrario, con una capacidad de afectividad fina. Le dolía que no le aceptaran como Mesías. Le dolía la suerte de su pueblo. Le dolía la injusticia, la explotación, el sufrimiento de su gente. Le dolía la ingratitud. Le dolía la terquedad de algunos. CONCLUSIÓN

Hemos visto todo un mosaico de virtudes en Jesús. Virtudes en plena armonía, que forman la rica personalidad de Cristo, su mundo psicológico y afectivo. Estas virtudes las vivió Jesús de un modo sereno, límpido, natural, sin tensiones. Cristo representa el equilibrio, el ideal más puro de la Humanidad. A Él tenemos que mirar todos, por ser el Camino, la Verdad y el Modelo

A modo de conclusión, hagamos un breve resumen de cuanto se ha dicho: ¿Cómo era Jesús?

• Ante su Padre: obediente, agradecido, atento, solícito, amoroso, delicado, respetuoso.

• Ante los hombres: Demuestra un gran interés por el hombre, por cada hombre. Le ama con compasión, le habla con sencillez, le corrige con bondad y con exigencia amorosa para que se convierta; le urge la conversión del hombre. Quiere hacerle salir de su reducido mundo, abrirle horizontes, darle alas para que comprenda lo que es, lo que puede ser. Desea hacerle superar lo inmediato para que vea lo profundo de su vida y de su actuación. Usa términos absolutos: nadie, todos, perderse, salvarse; no se queda en las ramas, va a las raíces (Mc 8, 35; Mc 9, 43-44). Utiliza las narraciones o parábolas para iluminar las actitudes que el hombre debe tener en su vida, para enseñarle cómo debe actuar para ser mejor: el sembrador y su cosecha (Mt 13), obrero y trabajo (Mt 20, 1-16), servidor y señor (Lc 12, 45-47), ladrón (Lc 12, 39), padre e hijo (Lc 15, 11-32), administrador y el rico (Lc 16, 1-8); rico y pobre (Lc 16, 19-31), negociantes y casas de préstamo (Lc 19, 12-23), invitados a la boda (Lc 14, 8-12), gobernantes y súbditos (Mt 20, 25). También usaba paradojas y enigmas para hacerle pensar al hombre, animarle a buscar. Emplea el género apocalíptico para recordar la inseguridad del hombre, el juicio al está sometido, la soberanía de Dios, su paciente espera, su justicia, la maldad del pecado, la necesidad de estar vigilante (Mt 24, 36; 24, 27-28; Mt 25). ¿Desde dónde enseña al hombre? Cualquier parte es púlpito: plazas, caminos, a orillas del lago, sinagoga, banquetes, templo, etc. ¿Cómo enseña? Con autoridad, con decisión, con paciencia y bondad.

• Ante las cosas: amor y respeto por la naturaleza. Se ha fijado en todo: pájaros (Lc 9, 58; 12,6), los cuervos (Lc 12, 24), los lirios (Lc 12, 27), la hierba del campo (Lc 12, 28; Mt 6, 30), las vides y los sarmientos (Jn 15), las uvas y los espinos, los higos y los cardos (Mt 7, 16), los juncos y hierbas agitados por el viento (Lc 7, 24), las nubes en el cielo (Lc 12, 54), el viento (Jn 3, 80), la gallina (Lc 13, 34). Y todas las cosas las relaciona con el Padre, con el mundo espiritual. Todo es huella de Dios. Tiene en cuenta los hechos sociales, civiles y religiosos, cotidianos. Utiliza símbolos que transportan a una realidad profunda: sal, luz, candil, perfume, polilla, carcoma, viga, perla, roca, río, viento, casa, red, tesoro, grano de mostaza, grano de trigo, cizaña, etc. Todo le servía a predicar su mensaje divino. Jesús se da cuenta de las relaciones humanas, comerciales, política y religiosas, que se dan en la sociedad en que vive.
Autor: P. Antonio Rivero, L.C
Fuente: Libro Jesucristo